Encontrarme en mi soledad
Encontrarme en mi soledad
En mi soledad me encontré.
Encontré a esa mujer que vivía escondida en lo más profundo de mi ser, esperando ser vista, escuchada, validada… pero no por cualquiera: por mí.
Encontrarme en la soledad me dio la oportunidad de sanar heridas que venía arrastrando desde hace mucho tiempo. Ese pasado que dolía dejó de pesar el día que decidí que no permitiría que nadie entrara a mi corazón si no era para potenciarme.
¿Y saben qué aprendí?
Que la única heroína de mi historia… soy yo.
Y que, aunque me descubrí fuerte, también aprendí que no camino sola. Dios me guía. Y sin Él, sinceramente, hoy no estaría escribiendo este blog. Porque en Él encontré mi propósito. Pero de eso, ya hablaremos más adelante.
En mi soledad descubrí mis rincones más oscuros… y también los más hermosos.
Descubrí el poder que habita en mí.
Aprendí que no necesito a nadie. Porque necesitar, muchas veces, es sinónimo de depender. Y ese camino ya lo transité.
Fue un camino oscuro, vacío, del que sí se puede salir…
Yo salí.
Pero para hacerlo, hace falta mucha voluntad, mucha valentía… y sí: mucha terapia.
En mi soledad me descubrí buena compañía.
Completa. Capaz de darlo todo por mis sueños. Por mí.
Y entre nos… sé que soy profundamente amada, porque tengo a Dios en mi vida.
En mi soledad disfruto cada atardecer, cada gota de lluvia, cada soplo de viento.
Porque me recuerdan que estoy viva.
Que en esos pequeños detalles habita mi libertad.
Descubrí que el mundo puede verse de otra manera: más genuino, más auténtico, más mío.
Aprendí a vestirme para mí.
Me divierto teniendo citas conmigo misma. Y sí, muchas veces me acompaña un buen libro, el aroma del café, la melodía de una canción o una hoja en blanco que me invita a soltar.
Y no saben lo hermoso que es disfrutarse.
Conocerse.
Celebrarse.
Acompañarse en cada etapa. En cada logro conseguido en silencio.
Aunque no voy a mentirles: a veces, el silencio incomoda.
Porque te conecta con esa niña interior.
Te pone cara a cara con tus miedos, tus heridas, tus inseguridades.
Pero también te muestra verdades. Y hay días en que ese silencio es el mejor consejero.
Él y yo, después de tantos años, nos hicimos amigos.
Y juntos crecemos, sanamos, enfrentamos los miedos y derribamos creencias.
En mi soledad, aprendí a amar de verdad.
¿Cómo podía amar a otros, si no sabía amarme a mí misma?
Y sí… muchas veces me pregunté cómo se sentiría ser amada de verdad. De ese amor real, profundo, justo para mí.
Pero hoy sé que puedo darme ese amor. Ese cuidado. Esa contención.
Y aunque ese anhelo sigue ahí, no contradice esta certeza: amo mi soledad.
Porque me permite enfocarme en mis sueños, en mis pasiones, en mis metas.
Sin miedo al qué dirán.
Sin buscar aprobación.
Solo respondiendo a mi propia verdad.
Entendí que es mi responsabilidad construir la vida que deseo, para mí y para mis hijas.
Y descubrí que soy abundante.
Porque tengo amor, tengo fe, y las tengo a ellas.
En mi soledad me descubrí, me construí, me sané, me amé… más de lo que nadie nunca me había amado.
Y aunque no todos los días son perfectos, y sí, tengo días oscuros, decidí que la felicidad no es un lugar al que se llega: es una decisión que se toma todos los días.
Y yo la elijo.
Agradezco todo lo que la vida me ha enseñado.
Y sí, lo confieso…
Me enamoré de mi soledad.
Con amor Mariam


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