Conversaciones incómodas: cuando el amor propio se pone a prueba





Conversaciones incómodas: cuando el amor propio se pone a prueba

Reflexiones sobre amor propio, vínculos ambiguos y el verdadero significado de ser una mujer de alto valor

El otro día, charlando con mi hermano —como no lo hacíamos desde hacía mucho tiempo—, surgió una conversación inesperada. No somos cercanos; cada uno está enfocado en su vida. No compartimos la misma manera de ver el mundo, y eso está bien. Cada quien elige quién ser según sus valores y creencias.

Pero, en medio de esa charla, me dijo algo que me atravesó como un misil al pecho:

“Nadie va a querer a una mina así como vos.”

Me dolió.
No tanto por lo que dijo él, sino por lo que se activó en mí.

Me pregunté por qué un comentario así podía quedarse dando vueltas en mi cabeza durante todo un día, cuando normalmente no pierdo tiempo en aceptar críticas de personas que no representan mis valores. Y la respuesta fue clara, aunque incómoda: porque una parte de mí todavía lo creía.

Todavía habitaba en mí la idea de que, tal vez, por ser madre soltera, por no tener una vida “perfecta”, por no encajar en los cánones de belleza actuales, por no ser extremadamente sociable —aunque sí amable—, algo en mí era “difícil de querer”. Soy selectiva con mi energía, con mi atención, con quién dejo entrar. Y durante mucho tiempo confundí eso con un defecto.

Ese comentario abrió otra herida que sigo sanando. Dudé mucho antes de escribir este artículo. Quise guardarlo solo para mí. Pero después me recordé que este blog es un espacio para reflexionar juntas, de mujer a mujer. Para hablar de lo que nos hace brillar… y también de lo que más nos duele. Acá nos abrazamos entre palabras.

Desde hace algunos meses me gustaba profundamente una persona. De esos gustos que no se entienden del todo. Amores inconclusos, ambiguos, que dejan más dudas que certezas. Lo guardé en silencio.

Como me gusta la claridad —y sí, soy una mujer acostumbrada a resolver—, decidí enfrentar la situación. Nunca hubo algo concreto entre nosotros: algunos saludos, conversaciones breves, señales confusas que yo interpreté como interés. Pensé que tal vez yo no estaba siendo clara.

Así que hice algo de lo que no me arrepiento, aunque me haya dolido el resultado: me acerqué a hablar. Había armado esa conversación en mi cabeza para poder, por fin, tener un diálogo adulto.

¿Y qué pasó?
Me rechazó.

Me dolió el corazón y el ego. Lloré. Me enojé conmigo misma por haber interpretado mal. No lo culpé; cada persona actúa según su propia historia. Pero me sentí expuesta. Vulnerable.

Hablé con amigas, conté los hechos una y otra vez, sin juicios, intentando entender en qué momento había interpretado interés donde quizás no lo había. Todas coincidieron en algo: hubo señales, pero él simplemente no buscaba nada conmigo. Y eso también es válido.

Decidí entonces volver a enfocarme en mi vida. Creí que ahí terminaba la historia. Pero no.

Apareció de nuevo.

Me repetí: “No vuelvas a interpretar interés donde no lo hay.”
Pero otra vez vi señales. O eso creí.

¿Por qué le di otra oportunidad después de un rechazo?
Porque el corazón no siempre escucha a la razón. Porque quise creer que tal vez esta vez era distinto.

¿Y qué pasó?
Lo mismo. Ambigüedad. Silencios. Nada claro.

Recuerdo el último día que lo vi. Estaba frente a él y, en un momento, tomé el celular para ver qué rutina me tocaba hacer. El archivo no abría. Cuando levanté la cabeza, lo vi alejándose con la misma expresión de aquel día en que me rechazó.

¿Y qué hice yo?
Lo justifiqué.


Pensé que tal vez creyó que estaba mensajeándome con alguien más. La gente suele asumir que tengo muchos pretendientes, algo muy lejos de quien soy en realidad. Más tarde, cuando se iba, me miró fijo. Levanté la mano para saludarlo, casi tímida, queriendo decir: te vi, me importás. Él me ignoró y se fue.

Después, hablando con una amiga, me hizo una pregunta tan simple como necesaria:

—¿Por qué estás aceptando migajas, si sabés que valés más que eso?
—¿Por qué esperás que él tenga el valor de ser claro, cuando un hombre quiere, habla… aunque sea del clima?

Quise responder desde el ego. Decir que no me importaba, que ya lo iba a superar. Pero la verdad es que no era así.

Soy una mujer segura de mí misma. Trabajo mi autoestima todos los días. Me cuido, me doy mis gustos, estoy enfocada en construir la vida que quiero para mis hijas y para mí. Y aun así, algo ahí me estaba tocando una herida.

Entonces me hice una pregunta honesta:

¿Soy una mujer de alto valor… o sigo siendo una niña herida?
¿Quién estoy siendo cuando dejo entrar en mi vida algo que me deja con más dudas que certezas?
¿Realmente me estoy valorando?

Nos vendieron la idea de la superwoman: fuerte, impenetrable, sin emociones, sin dolor. Pero eso no existe. Existe la mujer real. Con historia. Con inseguridades. Con heridas.

Y llegué a una conclusión: una mujer de alto valor no es la que no siente o no se equivoca; es la que se hace responsable de lo que le pasa.

Podría actuar desde la herida, culparlo a él, llorar una semana entera sin mirarme y repetirme que “no estoy hecha para el amor”. O —como elegí— preguntarme qué puedo aprender de esta situación, hacerme cargo de mis elecciones, abrazarme una vez más y seguir con mi foco.

También aprendí que se vale tener lo que yo llamo un día de autogestión emocional: permitirte sentir, llorar, enojarte, sin culpas ni juicios. Pero sin quedarte a vivir ahí.

Porque incluso los grandes líderes dudan. Lo que los diferencia no es la ausencia de miedo, sino que, aun con miedo, siguen adelante, piden ayuda, aprenden y crecen.

El otro siempre es un otro, actuando según su manera de ver el mundo. El verdadero desafío fue preguntarme quién estaba siendo yo para que una situación así pusiera en duda mi valor.

Y entendí algo esencial:
mi valor no está en si alguien me elige o no. Está en que yo me amo, me respeto y me elijo primero.

Así que sequé mis lágrimas una vez más. Se lo entregué a Dios. Y volví a enfocarme en lo único que puedo controlar: mi diálogo interno, mis hábitos, mi disciplina, mi mentalidad. Aprendí que la disciplina también es hacer lo que tenés que hacer incluso cuando el corazón duele, pero sin negar lo que sentís.

Hoy mi foco no está puesto en si me gusta alguien o no. Mi soledad es mi refugio. Es el espacio donde canalizo mi energía para alcanzar mis objetivos. No me interesa el discurso de “hay muchos peces en el mar”. Me interesa seguir sanando.

Hace tres años que estoy sola. Sin citas. Sin abrazos. Sin algo casual. Y sí, muchas veces me miran como a un bicho raro. Pero cuido mucho a quién le doy mi atención. Prefiero compartir mi cama con mi amor propio antes que desgastarme en vínculos vacíos.

No tengo una vida perfecta ni resuelta. Pero agradezco cada enseñanza que me permite avanzar con más conciencia y libertad. Y en este caso, la enseñanza fue clara:

Un hombre que está realmente interesado no genera dudas. Lo dice. Lo muestra. No juega.

Equivocarme no me quitó valor; me lo devolvió. Porque ahora sé mirarme mejor y elegir desde un lugar más honesto.

Y ahora te pregunto, mujer:

¿Alguna vez te equivocaste así… y aun así elegiste seguir adelante?

   Con amor Mariam.








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