Ser mamá soltera no me rompió. Me reveló.
Ser mamá soltera no me rompió. Me reveló.
Hoy quiero hablarte de algo que me costó mucho escribir. Dudé, me puse excusas:
“Este tema ya está muy hablado”, “No quiero que piensen que busco lástima”, “¿A quién le va a importar?”
Pero decidí hacerlo igual. Porque si estás leyendo esto, quizás vos también necesitás escucharlo.
El miedo que no dije en voz alta
Ser mamá soltera fue un antes y un después en mi vida.
Y no lo digo desde la victimización, lo digo desde la verdad.
Cuando tomé la decisión de separarme, lo hice temblando.
Mi cabeza estaba llena de “¿Y si no puedo?”, “¿Y si las estoy dañando al elegir mi paz?”
Y sin embargo, lo hice.
Y ahí empezó el viaje más duro y hermoso de todos: el de reencontrarme conmigo.
La noche en que me arrodillé
Recuerdo una noche, sin trabajo, sin rumbo, arrodillada en el suelo.
Le pedí a Dios: “Señor, dame fuerzas, no sé si puedo con esto sola…”
No perfecta. No infalible.
Valiente.
Y ahí entendí algo: mis hijas merecían una madre valiente.
Ser su mamá me salvó
Me transformó. Me reconstruyó.
Aprendí a ser tiempo, abrigo, guía y ejemplo.
Improvisé. Me equivoqué. Pero en cada abrazo suyo, supe que me amaban tal cual soy:
con mis días grises y mis días de luz.
Pero también aprendí esto:
Que ser madre no borra a la mujer que soy.
El amor, los prejuicios y ese “combo”
Por años, no me permití abrir el corazón.
Creí que, como mujer católica, separada y con dos hijas, ya no me “correspondía” amar.
Pensé que nadie iba a aceptar este “combo”.
Pero no era por ellas. Era por mí. Por mis heridas.
Había levantado una muralla creyendo que protegía a mis hijas,
y lo que estaba haciendo era proteger mi miedo al rechazo.
Hoy entiendo que no soy solo mamá.
Soy mujer. Alma. Cuerpo. Emoción.
Y merezco amar… y ser amada.
La logística, el caos y el renacer
Ser mamá soltera también me convirtió en estratega del tiempo:
cuánto tardan en bañarse, vestirse, comer, llegar al jardín, todo cronometrado.
Aprendí a estudiar con sueño, a trabajar con culpa, a improvisar soluciones cuando la niñera fallaba.
Y sí… volví a estudiar, me recibí, y empecé otra carrera. Porque la sed de crecer es más fuerte que el miedo.
Sanar sin esconder
Criar mientras sanás es un acto valiente.
Una a veces juega con ellos mientras por dentro se está rompiendo.
Pero aprendí algo hermoso:
No tengo que ocultarlo todo.
Ser sincera con mis hijas, decir “mamá está cansada”, “mamá también se frustra”, es enseñarles inteligencia emocional real.
Nosotras no somos robots. Y ellas tampoco.
Custodia compartida: la herida del tiempo
En mi caso, tenemos custodia compartida.
Hay semanas que no las veo.
Al principio fue un abismo. Me sentía culpable si salía, si viajaba, si respiraba.
Pero entendí que ellas tienen un papá que las ama y que también merece compartir tiempo con ellas.
Y entendí algo aún más importante:
También yo tengo derecho a reencontrarme conmigo.
Una mamá feliz cría con libertad
No busco romantizar la maternidad soltera. Es difícil.
Pero quiero decirte que sí se puede.
Que pedir ayuda no te debilita: te fortalece.
Y que cuanto más feliz sos con vos misma, más amor libre y real podés darles a tus hijos.
Y ahora te pregunto a vos…
¿Sos mamá soltera?
¿Te diste el permiso de volver a verte como mujer, no solo como madre?
¿Creés que tus hijos merecen a una mamá viva, feliz, llena de propósito?
Entonces quizás, como yo, sea momento de bajar el escudo… y darte una nueva oportunidad.
Con amor, Mariam.



Comentarios
Publicar un comentario