Cómo mi estilo cambió cuando empecé a escucharme
Cómo mi estilo cambió cuando empecé a escucharme
Hoy quiero compartirles algo muy íntimo.
Una herida que me transformó.
Hace unos años estaba perdida. No tenía claridad, ni dirección. La palabra “objetivo” no existía en mi vocabulario, y mucho menos “propósito”. Vivía en piloto automático. Dejaba que la vida pasara mientras yo esperaba “algo” que ni siquiera sabía qué era.
Me dediqué al 100% a ser mamá, y en ese camino… me descuidé.
Comencé a escuchar voces externas que dictaban cómo debía vestirme para “cumplir mi rol de madre”. Me repetían que debía encajar en ciertos “estándares” para no ser criticada, señalada o rechazada. Y terminé creyendo que existía un código invisible al que debía someterme para no avergonzar a mis hijas.
Apagarme para no ser vista
Como estaba perdida, sin rumbo, empecé a vestirme con lo primero que encontraba. Buscaba ropa que me escondiera.
La idea era simple: “Si no me ven, no me critican.”
Me dejé el pelo corto para no preocuparme en peinarlo, aunque siempre amé mi cabello largo. Dejé de hacerme skin care con la excusa de “roba tiempo a mis hijas” o “para qué, si nadie me ve”.
Hasta que una noche, limpiando mi computadora, vi fotos y videos con mis hijas.
Y lo que vi me dolió profundamente:
Una mujer triste, apagada, invisible. Una mujer que parecía no amarse, que se había descuidado tanto que ya no reconocía su reflejo.
Mi estilo hablaba por mí: cansancio, falta de autoestima, dependencia emocional. Había cedido mi poder. Me había silenciado.
El despertar
Un día, por lo que yo llamo Dios y su misericordia, algo en mí despertó.
Hice una declaración de hartazgo: “¡Basta! Hasta acá llegué. No puedo seguir así.”
Y entonces surgió una pregunta que me acompañaba todo el tiempo:
“¿Qué quiero de mi vida?”
Empecé a escucharme de verdad. A cuestionar esas voces que antes decidían por mí. Me di cuenta de que me había tratado como un objeto: como un trofeo que se exhibe, pero que en lo privado se deja abandonado, sin voz, sin alma.
Ahí comenzó mi viaje hacia la autoestima.
No llegué de golpe, fue paso a paso.
Cada pequeño acto de amor propio me acercaba a mi esencia.
Dejé de delegar mi poder y asumí lo más difícil: hacerme responsable de mí misma. Cuidarme. Mimarme. Escucharme.
La transformación
Antes, mi estilo era el oversize. Prendas grandes que me hacían invisible. Mostrarme era impensado. Un jean al cuerpo o una pollera significaban romper esas “reglas invisibles” y quedar expuesta.
Pero cuando entendí que la imagen podía reflejar quién soy, todo cambió.
Me pregunté:
¿Quién soy?
¿Qué me gusta?
¿Qué no quiero más?
Y mi estilo comenzó a reflejar mis respuestas.
Hoy mi manera de vestir habla de mí: ejecutiva, creativa y casual. Ya no me visto para agradar. Me visto para reflejar mi esencia.
Hoy puedo decir: soy libre de esas voces a las que les di poder.
Hoy me visto con intención, no para llamar la atención, sino para que mi presencia hable. Porque cuando una mujer descubre su valor… se nota. Se refleja. Se siente.
El mensaje
Mujer, el poder está en vos.
No se lo entregues a nadie.
Escúchate con la misma atención con la que escuchás a alguien que amás. Descubrí tu voz, tu esencia, tu estilo.
Porque la imagen no es superficial: es identidad, es forma de habitar el mundo, es declaración de quién sos.
Y hoy te pregunto:
¿Tu vestimenta refleja tu identidad?
Con amor Mariam



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