Las veces que me callé… y lo que aprendí del silencio

 



Las veces que me callé… y lo que aprendí del silencio

 ¿A dónde se van las palabras que no decimos?

 Esta pregunta me atraviesa cada día.

 Porque muchas veces nos callamos por distintas razones:
A veces, porque no sabemos cómo iniciar esa conversación con alguien que anhelamos tener enfrente.
Otras, porque tememos herir con nuestras palabras.
Y muchas veces, porque simplemente preferimos no decir nada.
Palabras que se quedan en la punta de la lengua, a punto de salir…
pero las tragamos, las masticamos. Día tras día.

 Por alguna razón, vamos por la vida acumulando silencios.

 ¿Qué nos detiene a hablar?

 Podría darte mil razones.
Pero sé que, especialmente nosotras, las mujeres, solemos ser expresivas por naturaleza.
Y cuando elegimos no hablar, no es por falta de ganas…
Es porque ya no esperamos ser comprendidas.
Porque en el fondo, ya nos rendimos con esa persona.

 Sí, el ser humano comunica todo el tiempo.
Con palabras, claro, pero también con gestos, miradas, posturas, silencios.
Cuando dejamos de hablar, igual decimos algo.
Decimos: “Ya no puedo” o “Ya no quiero seguir intentando”.

 El cuerpo también habla

 Guardar palabras puede doler. Literalmente.
Hay días en los que siento el peso de esa mochila invisible,
de todo lo que no dije.
Y otras veces, incluso siento que muerdo esas palabras no dichas.

 Me he preguntado muchas veces:
¿Algún día tendré el coraje de decir todo eso?
¿O quedarán ahí, haciendo raíces en mi corazón?
Y si echan raíces… ¿serán de buenos frutos?

 Escribir también es hablar

 No tengo respuestas mágicas.
No vengo a darte fórmulas.
Pero sé que, a mí, personalmente, me alivia escribir.
Volcar todo lo que no digo, en papel o en la computadora.
Así como venga, sin juicio.
Y en esa escritura libre, siento que me arranco una espinita que dolía.

 Claro que, como coach en formación, he aprendido muchas herramientas de comunicación emocional y afectiva.
Pero no todas las conversaciones pueden o deben darse.
A veces, la otra persona no está lista, o no quiere.
Y eso también hay que aceptarlo.

 El silencio también enseña

 He aprendido que no todo se debe decir.
Hay personas que no comparten tus valores, ni tu nivel de conciencia.
Y hablar con ellas puede sentirse como hablarle a una pared.

 Yo lo viví.
Me choqué con muchas paredes.
Y aprendí que, en esos casos, el silencio es una forma de autocuidado.
De observar.
De tomar distancia.
De elegir no reaccionar.

 Y eso, mujeres, también es amor propio.

 ¿Callar o hablar?

 No te olvides de esto:
Somos lo que decimos.
Y también, lo que nos decimos a nosotras mismas.

 Lo que hablamos (o no hablamos) se refleja en nuestras relaciones, en nuestro trabajo, en la forma en que nos tratamos.

 Por eso, antes de hablar con esa persona que te genera ruido,
pregúntate:
¿Para qué quiero decir esto?
¿Qué espero lograr?
¿Vale la pena?

 Y si la respuesta es sí, anímate.
Y si la respuesta es no, también está bien.
Porque a veces, el silencio no es vacío: es una decisión consciente.

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