No soy fuerte, estoy cansada
No soy fuerte, estoy cansada
Hoy escribo desde mi parte más vulnerable.
Esa que muchas veces escondo, incluso de mí misma.
Estuve reflexionando sobre esos días en los que simplemente necesito una tregua.
Días en los que quiero rendirme al cansancio, sin culpa. Sin juzgarme por haber tenido un “mal día”.
Días en los que lo único que deseo es un abrazo que me contenga el alma un rato, y luego —con el tiempo necesario— juntar mi armadura y volver a ir por mis sueños.
Pero antes… descansar. Descansar en unos brazos que se sientan como hogar.
Nos han vendido la idea de que somos mujeres fuertes. Guerreras. Capaces de todo.
Y sí, claro que lo somos.
Pero, ¿qué pasa con los días en los que no queremos sostenerlo todo?
¿Con los días en los que necesitamos que nos sostengan a nosotras?
Esos días existen.
Y muchas veces nos los negamos. Porque creemos que rendirse un rato es fracasar.
Que bajar la guardia es mostrarse débil.
Pero yo me lo he preguntado muchas veces:
¿Pierdo mi fuerza por reconocer que estoy cansada?
¿Dejo de ser una mujer valiosa por querer un abrazo que me diga: “yo te sostengo”?
La respuesta es no.
Estar cansada no es una falla. Es un síntoma.
Todas llevamos mochilas que no se ven:
Responsabilidades, heridas, sueños, logros, miedos, presiones…
Y hay días en que esa mochila pesa más.
Días en los que nos sentimos rotas.
Días en los que descubrimos heridas que ni sabíamos que estaban ahí.
Y no sabemos qué hacer con ellas.
¿Taparlas con una curita? ¿Mirarlas sangrar?
A veces, sólo podemos sentarnos con ese dolor, mientras nos atraviesa.
Y sí, muchas veces, eso se traduce en un baño cerrado con llave, en un rincón solitario, en un llanto silencioso.
En una entrega momentánea al caos interno.
¿Está mal eso?
No. Está bien cansarse.
Está bien no poder con todo.
Está bien no querer hacer nada un día.
Lo que está mal es la exigencia constante que nos impusieron (y nos imponemos).
Especialmente a nosotras, las mujeres que lideramos.
Y cuando digo “liderar” no hablo sólo de empresas o equipos.
Hablo de liderar una familia, una casa, a una misma.
Hablo de ser el centro de decisiones, de sostener, de gestionar emociones propias y ajenas.
Hablo de ser la que nunca puede caerse.
Y cuando nos caemos… la culpa nos pisa.
Nos enseñaron que mostrar emociones negativas era sinónimo de debilidad.
Que llorar, dudar, rendirse un rato era “perder liderazgo”.
¿Pero sabés qué? Eso no es cierto.
La verdadera líder no es la que nunca cae.
Es la que se levanta después de hacerlo, sin haberse juzgado por tocar fondo.
Ser mujer a veces se siente como un torbellino hormonal, emocional y social.
Porque mientras sentimos que nos rompemos por dentro, afuera seguimos sonriendo.
Seguimos siendo “fuertes”, cuando en realidad estamos llenas de preguntas.
Y la vida, en su implacable intensidad, no frena para que nos recuperemos.
¿Y si te dijera que rendirse un momento también es parte del proceso de sanación?
Que pedir ayuda no te hace débil.
Que reconocer que estás cansada no te resta valor.
Yo lo he vivido muchas veces.
Y en esos días en que siento que no puedo más, recuerdo algo que me cambió la mirada:
“El problema no es estar cansada, es seguir luchando desde la fuerza en vez de desde el poder.”
Cuando entendés eso, todo cambia.
Porque luchar desde la fuerza te desgasta.
Pero vivir desde tu poder… te libera.
Y te preguntarás:
¿Dónde está mi poder? ¿Cómo lo descubro?
Tu poder está en confiar.
En confiar en vos, en tus tiempos, en tus procesos.
Está en definir qué significa poder para vos.
Está en habitar el presente, no el pasado, no la ansiedad del futuro. El hoy.
Y no, no es fácil. A mí me costó años entenderlo.
Aprender a gestionar mis emociones en el momento fue uno de mis mayores desafíos.
Pero si algo quiero que te quede de todo esto, es esto:
Sentirte rota, cansada o al borde de rendirte… no está mal.
Es una señal. Una herida que habla. Una parte tuya que pide atención.
Y cuanto más niegues ese sentimiento, más va a doler.
Porque no nacimos para ser máquinas.
Nacimos para sentir. Para vincularnos. Para sostener… y ser sostenidas.
Pedir ayuda no te quita valor.
Te hace más sabia.
Te hace más real.
Y sí, una mujer de alto valor sabe cuándo pedir ayuda para seguir creciendo.
Verte rota es parte del proceso de sanar.
Identificar tu herida es la clave para avanzar.
Y no, esto no se trata de victimizarse.
Se trata de reconocer que sostenerlo todo cansa.
Que liderarte todos los días es agotador.
Pero que aun así, hay belleza en todo ese caos.
Porque a pesar de todo… seguimos.
Y cuando nos atrevemos a compartir el cansancio, el dolor y la verdad con otras mujeres, ahí es donde nace la verdadera fortaleza: en la red que nos sostiene.
Así que hoy, mujer…
¿Te felicitaste por todas las guerras que ganaste?
¿Te agradeciste por todo lo que hiciste, aún cuando estabas rota?
¿Te reconociste por ser quien sos, no perfecta, pero profundamente valiosa?
Yo sí.
Y te abrazo fuerte desde este espacio.
Desde esta conversación de mujer a mujer.
Con amor Mariam



Comentarios
Publicar un comentario