Entre filtros y etiquetas me perdí
Entre filtros y etiquetas me perdí
Habitamos entre el mundo digital y el mundo real. En el digital, todo parece perfección. Incluso lo “imperfecto” se maquilla: una modelo muestra celulitis y la aplauden por “ser real”, pero detrás sigue existiendo un canon de belleza invisible que nos presiona.
Hacemos scroll y vemos mujeres con cuerpos esculpidos, maquillaje impecable, vacaciones en playas paradisíacas… y nosotras, quizás, estamos en la cama, con ojeras después de un día agotador, intentando sostener nuestra vida en construcción. Como toda obra, hay días de escombros y días en que logramos pintar una pared con ilusión.
Y aunque sabemos que la vida real no es perfecta, al subir una historia o un post analizamos cada detalle bajo la lupa. Si no cumple con nuestro estándar, ni lo subimos. Tememos al juicio de los demás, a lo que “puedan pensar”.
Las etiquetas que pesan
A esa presión se le suman las etiquetas: esos rótulos que fuimos acumulando desde chicas. Algunas se borran con el tiempo, pero otras parecen escritas con fibrón indeleble. Y muchas veces, pesan más que nuestro propio autoconcepto.
Actuamos a través de ellas para no defraudar a personas que creen que seguimos siendo la de antes. Y si encima somos madres, las etiquetas parecen duplicarse. Si somos madres solteras, se triplican. Juicios, moldes, expectativas… como una avalancha que nos encasilla sin preguntarnos cuál es nuestro propósito.
El caos interno de querer encajar
Así aparece el caos interno: sentir que nos perdimos. Porque nuestra vida no es “estética”, porque nuestro cuerpo es real, porque a veces priorizamos un rato de intimidad antes que juntar juguetes del piso. Porque no vamos todos los días a restaurantes de moda, y quizá disfrutamos más un domingo entero en pijamas, con música de fondo y el pelo húmedo de un baño de crema a medio terminar.
Eso no se ve “lindo” en redes, pero es auténtico. Es plenitud. Y, sin embargo, nos cuesta mostrarnos así, desalineadas y sin filtros, por miedo a que nos agreguen otra etiqueta más: “desprolija”, “aburrida”, “descuidada”.
Pero… ¿qué es ser “sencilla”? ¿Qué es “encajar”?
Tal vez no se trata de entrar en un molde, sino de crear el propio.
Volver a lo real
La cuestión no es compararnos con lo que vemos en las demás. Es volver a nosotras mismas. Amarnos en la imperfección. Reconocer nuestras ojeras, manchas o cicatrices, y ver en ellas historias y aprendizajes, no defectos.
No se trata de negar lo que incomoda, ni de ocultarlo bajo un filtro. Se trata de abrazarlo con amor, de transformarlo en fortaleza y dejar de permitir que erosione nuestra autoestima.
No se trata de vivir en un mundo de fantasía donde todo es “perfectamente estético”, es ser feliz en tu mundo. Imperfecto, sí, pero real. Pero hermosamente real.
Porque cuanto más maquillamos nuestras heridas, más se notan. Cuanto más resistimos nuestra realidad, más la repetimos.
Una invitación
Entonces, mujer, hoy te invito a reflexionar:
¿Lo que mostrás en redes refleja quién sos?
¿O es un personaje creado para evitar juicios?
¿Te ves a vos misma en ese rostro lleno de filtros?
¿Esas etiquetas te definen, o son juicios ajenos que cargaste como propios?
Mírate al espejo, abrázate y repetí:
“Me acepto y me amo así. Soy hermosa, poderosa y suficiente.”
Porque cuando te amás de verdad, todo empieza a mejorar. Sé libre de ser vos, mujer. Ya no te escondas más y deja de ocultar tu brillo: no naciste para encajar, naciste para ser auténtica, liderar, ser amada y ser luz.
Con amor Mariam





Comentarios
Publicar un comentario