La fantasía adolescente vs la mujer real



La fantasía adolescente vs la mujer real

Hace un tiempo empecé a revisar mis resultados, tanto personales como laborales.
Y no te voy a mentir: me encontré con cosas que no estaban como yo esperaba.
Para alguien autoexigente como yo, fue un golpe al ego. Me dije: “Bueno, Mariam, los resultados no son los que querías… pero, ¿qué podés aprender de esto?”.

Y entre charla y charla, me cayó una ficha: la vida nunca está “resuelta”.
Siempre hay algo que mejorar, algo que ajustar. Incluso cuando todo parece estar bien.

Entonces me pregunté de dónde había salido esa idea de que a los treinta una ya debía tener todo bajo control.
Y me di cuenta de que tenía metida muy adentro esa creencia:
que a los 30 una ya debía tener libertad financiera, una pareja que te complemente, viajes, proyectos estables, una vida ordenada y feliz.

Pero la verdad fue otra.
Llegué a los 30 separada, sin libertad financiera, y todavía construyéndome.
Y, mirá, al principio me dolió. Sentía que había fallado. Hasta que entendí que lo que me dolía no era mi realidad, sino esa fantasía adolescente que todavía cargaba. Esa vida perfecta sin conflictos, con un amor de película, sin preocupaciones, todo bajo control.

Por años pensé que el amor debía ser así: sin discusiones, sin silencios, con flores todos los días y felicidad eterna.
Hasta que la vida me enseñó que el amor real no es perfecto, es humano.
Que se trata de elegir al otro incluso cuando las cosas no son fáciles, de acompañar, de discutir para entenderse, de crecer juntos y también por separado.

Hoy, mi vida está lejos de ser perfecta.
Y está bien.
Porque aprendí a abrazar mis soledades, a disfrutar de mi paz, a valorar el silencio.
Aunque te confieso algo: también me di cuenta de que muchas veces me cerré al amor por miedo. Pero bueno… eso quedará para otro capítulo.

Hoy sigo en construcción.
Soy una mujer real: hay días en los que me siento imparable, fuerte, con todo bajo control.
Y otros en los que no quiero salir de la cama, en los que dudo de mí, en los que no me gusta lo que veo en el espejo.
Hay momentos en los que me canso, en los que me gustaría que alguien me diga “tranquila, yo me ocupo”.
Y está bien. Porque en esa fragilidad también hay fuerza.

En esos días incómodos, donde todo se tambalea, es donde más aprendo. Donde nacen mis mejores ideas y mis mayores cambios.

Por eso hoy te lo digo, mujer:
permitite sentirte cansada, frágil, imperfecta.
Ahí, justo ahí, está tu poder.

Nos hicieron creer que a los treinta ya teníamos que tener todo resuelto. Pero no hay edad exacta para florecer. Cada una tiene su propio tiempo, su propio ritmo.

Así que si hoy la vida te pesa, si sentís que tus metas están lejos, hacé una cosa: da un paso. Solo uno.
Porque cada acción, por pequeña que parezca, te acerca a esa mujer que querés ser.

Y te dejo una pregunta para cerrar:
¿qué acción vas a elegir hoy para acercarte a tu mejor versión?


     Con amor Mariam

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