Mamá en tacones




💋 Mamá en tacones

Mamá en tacones. Suena glamoroso, pero detrás hay una historia de lucha, cansancio y redescubrimiento.  Y cuando te convertís en madre soltera, asumís —casi sin darte cuenta— el rol de una superheroína.
Aprendés a resolver, sin importar el desafío que se presente: siempre encontrás la manera.
Te volvés la que todo lo puede, sola.
Y si no puede hoy, lo intentará mañana.

Entre agendas, cuentas y rutinas, te convertís en una experta en gestión del tiempo, en priorizar, en negociar, en aprender a levantarte aun cuando las heridas duelen.
Pero sin notarlo, comenzás a manejar tu vida desde un lado más masculino.

Lo sé. A mí también me pasó.
Desde que soy madre soltera, mi vida y la de mis hijas dependen cien por ciento de mí. No me permitía el error, porque debía hacer, producir, sostener.
Hasta que un día me di cuenta de que no era plena.

Mis días pasaban entre tareas y rutinas repetidas.
Había conexión con mis hijas, sí, pero no conmigo.
Con esa mujer que pedía salir, que quería ser vista.

 El espejo que me habló

Un día me miré al espejo, me vi. No como mamá, no como líder, no como responsable. Me vi a mí. Vulnerable. Cansada. Con ganas de que alguien me abrace. Y tuve una conversación conmigo misma.

Fue dura, pero también liberadora.

Me vi vulnerable, pequeña, con unas ganas enormes de ser sostenida en un abrazo.
Así que me abracé con palabras, me miré con más amor y entendí que ser líder y resolutiva no significa dejar de ser femenina.
Van de la mano.

Puedo tener mis espacios de autocuidado sin culpa, porque mi valor también está en cuidarme.
Puedo sentarme un domingo por la tarde a mirar el mundo sin hacer nada, y eso también está bien.
Porque mirar el mundo con asombro… también es parte de ser.

 La creencia del “deber ser”

Por mucho tiempo creí que al ser mamá debía comportarme como una mamá debía ser.
¿Pero qué significa eso realmente?

Pensaba que debía vestirme de cierta manera.
Que la comodidad implicaba cambiar los tacones por zapatillas.
Que un vestido corto debía reemplazarse por un jean y una remera larga.
Que un labial rojo era demasiado.
Porque… ¿qué va a pensar la gente?

Hasta que me volví a mirar al espejo y entendí:
Todo eso eran juicios que había heredado del “deber ser”.
Y un día simplemente dije basta.

 Volver a mí

Saqué esa ropa que ya no me representaba, me maquillé, me puse mis tacos y un vestido que amo.
Y por primera vez en mucho tiempo me sentí libre. Porque mi mejor plan es vestirme para mí, para volver a mí.

No por lo superficial, sino porque estaba siendo yo.
Libre de mis propios juicios.

Y como consecuencia pasó: vi cómo eso se reflejaba en mis hijas.
Empezaron a elegir su ropa, a mirarse al espejo, a jugar a amarse.
Sin que se los dijera, ellas aprendieron que también pueden ser libres siendo ellas mismas.

 Ser mamá en tacones

Hoy camino con mis tacos, mis hijas y mis metas. Y entendí que la verdadera fortaleza no está en hacer, sino en ser.

Una mujer con metas, que estudia de noche, que vela cuando sus hijas se enferman, que elige cada movimiento de su día para construir su propio imperio.

Entendí que ser femenina no es ser débil.
Que mi fortaleza está, justamente, en abrazar mi sensibilidad.

Y hoy te pregunto, mujer:
¿Te permitís ser vos en tu forma de vestirte, o todavía te vestís según el “deber ser”?

      Con amor Mariam

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