💔 ¿Corazón cerrado? ¿Corazón malherido? ¿Corazón sano?
💔 ¿Corazón cerrado? ¿Corazón malherido? ¿Corazón sano?
Mujer, lo prometido es deuda.
Como te conté en el artículo anterior, hoy quiero abrirte una parte muy íntima de mi historia: el día en que, sin darme cuenta, me cerré al amor por miedo.
Y no hablo del amor romántico únicamente. Hablo del amor en todas sus formas: el amor a la vida, a uno mismo, a los vínculos, a los sueños.
Porque cuando el corazón se lastima muchas veces, no solo deja de confiar en los demás… también deja de confiar en sí mismo.
1. El día que me cerré al amor
Soy de esas mujeres que observan mucho antes de dejar entrar a alguien a su mundo.
Miro gestos, actitudes, cómo trata a los demás, cómo se expresa cuando nadie lo ve.
Y eso no es casual: esa desconfianza se construyó a lo largo de los años, como una muralla invisible que me protegía… pero también me aislaba.
Vengo de dos relaciones que marcaron mi historia.
La primera llegó en un momento en que era una adolescente intentando entender quién era, mientras procesaba una de las pérdidas más duras de mi vida: la de mi abuelo.
Él era mi sostén, mi refugio, el que me esperaba con unos mates y palabras sabias. Su muerte repentina me dejó sin norte, y en ese vacío apareció alguien que me hizo sentir acompañada… o eso creí.
Era mi primera experiencia con el amor, y confundí intensidad con cariño, control con cuidado. Pensé: “tal vez esto es normal”. Pero no lo era.
La segunda relación fue diferente, y al mismo tiempo, igual.
De ese vínculo nacieron mis dos hijas, lo más hermoso que tengo.
Por fuera, éramos la familia perfecta. Por dentro, vivía en una jaula emocional.
Sostuve esa historia diez años.
Diez años intentando arreglar lo que estaba roto desde el inicio.
Diez años posponiéndome por la culpa, por la frase que tantas mujeres repetimos: “no quiero una familia rota”.
Hasta que un día me miré al espejo y no me reconocí.
Había sostenido tanto que me rompí.
Y entendí algo que me atravesó:
el factor común de esos vínculos era yo.
No ellos.
Yo.
Mi manera de amar, mi forma de no poner límites, mi necesidad de ser vista, mi creencia de que el amor era sacrificio.
Y reconocer eso fue duro. Porque hacerse responsable duele más que señalar al otro.
2. La mujer que se reconstruyó
Esa toma de conciencia fue mi punto de inflexión.
Por años había vivido repitiendo patrones, pensando que el amor dolía, que amar era aguantar, que debía ganarme el afecto.
Pero un día algo dentro de mí gritó “basta”.
Empecé un proceso profundo de sanación.
Lloré, me enojé, sentí culpa, impotencia y miedo.
Pasé noches enteras preguntándome en qué momento había dejado de ser yo.
Y ahí, en medio del caos, apareció la luz.
Me abracé.
Literalmente, me abracé.
A la mujer rota.
A la que no entendía por qué siempre terminaba lastimada.
A la que se había perdido intentando sostener a otros.
Le dije:
“Ya está. No te castigues más. No sabías hacerlo de otra manera.”
Y a mi niña interior, esa que seguía buscando un padre, un abrazo, una figura que la protegiera, le dije:
“Tranquila, mi niña. Ya no estás sola. Yo soy la adulta que te cuida ahora.”
Ese fue el inicio de mi verdadera reconstrucción.
No fue rápido. No fue lineal.
Fue un proceso de años, de reaprender a mirarme con amor, de sanar heridas que creía cerradas.
Porque sanar no es olvidar lo que dolió, es darle otro significado.
Es entender que no fuimos débiles, fuimos humanas.
Y que cada caída nos enseñó a ponernos de pie con más fuerza.
3. El “casi algo” que me despertó
Pasó el tiempo.
Me enfoqué tanto en sanar, en entenderme, en crecer, que cerré por completo la puerta del amor.
No me di cuenta cuándo, pero un día entendí que mi corazón estaba blindado.
Durante tres años no tuve ni una cita.
Y no porque no aparecieran oportunidades, sino porque simplemente no podía.
Si alguien me halagaba, pensaba que estaba siendo amable.
Si alguien se acercaba con interés, me salía un instinto automático: huir.
No quería ser descubierta.
No quería que alguien viera mis grietas, mis miedos, mis inseguridades.
Y en ese estado de alerta, confundía “protegerme” con “cerrarme”.
Hasta que apareció él.
No fue una relación formal, ni una historia de amor.
Fue un casi algo.
Un casi todo.
Un no fuimos nada… y, sin embargo, fue mucho.
Su presencia derribó una barrera que yo creía indestructible.
Por primera vez en mucho tiempo me descubrí con ganas de abrirme, de confiar, de sentir.
Y aunque no terminó como esperaba, me dejó una lección invaluable:
el amor no siempre viene a quedarse; a veces viene solo a despertarte.
Ese vínculo me hizo mirarme con lupa.
Me di cuenta de que todavía había partes mías que seguían mirando el amor desde la herida.
Que, aunque me había reconstruido, aún me daba miedo recibir.
Porque recibir implica soltar el control, y para quienes hemos vivido con miedo, eso es un desafío inmenso.
4. Mirar el amor con otros ojos
Por mucho tiempo creí que el amor no era para alguien como yo.
Una mamá soltera, que se rehízo desde cero, que carga responsabilidades, que todavía tiene cicatrices.
Pero un día entendí que eso también era una creencia limitante.
El amor no es solo para las mujeres con vidas perfectas.
El amor también es para las que seguimos creyendo, para las que aprendimos a amarnos primero y tenemos nuestra vida en construcción.
Hoy veo el amor desde otro lugar.
Ya no como una meta o una necesidad, sino como una consecuencia natural de estar en paz conmigo.
No necesito que alguien me complete.
Quiero compartir mi plenitud, no compensar mis vacíos.
Y aunque sigo sanando, me siento con la capacidad de recibir ese amor sano del que antes huía.
Porque hoy entiendo que amar no es perderse, es encontrarse en compañía.
He pasado noches de silencio, donde solo me acompañaban mis pensamientos y Dios.
Y en esas noches, lo sentí cerca, susurrándome al corazón:
“Tranquila, mi niña. Si solo te vieras como yo te veo...”
Y entonces supe que mi historia, con todas sus sombras y grietas, era parte de un propósito.
Mi vida, literalmente, es un milagro de resiliencia.
5. Abrir el corazón (aun con miedo)
Después de ese “casi algo”, algo cambió en mí.
Ya no quiero vivir escondida detrás de las murallas que construí.
Quiero permitirme sentir, aunque duela.
Quiero abrirme a la posibilidad de que alguien me acompañe y me potencie.
Porque si Dios me dio la capacidad de amar, no fue para dejarla encerrada bajo mil candados.
El amor también es un acto de fe.
Así que me desafío:
“Voy a abrir mi corazón, así como está: con cicatrices, con miedos, con esperanza.”
No se trata de buscar desesperadamente, sino de estar disponible para recibir.
De confiar en que lo que llega, llega cuando el alma está lista.
Y no, no necesito estar 100% “sanada” para amar.
Porque el amor verdadero no exige perfección, sino presencia.
Para reflexionar, mujer…
Hoy no vengo a darte respuestas.
Vengo a dejarte preguntas para que charlemos, como amigas que se acompañan entre palabras:
¿Creés que hay que estar completamente lista para abrir el corazón?
¿Pensás que enfocarte en vos misma significa cerrarte al amor?
¿Qué es el amor para vos hoy?
¿El amor sano también puede ser intenso?
Quizás no tengamos todas las respuestas, y está bien.
Lo importante es que sigamos caminando hacia nosotras mismas.
Porque cuando una mujer se sana, también sana su manera de amar.
Y si hoy estás leyendo esto, quiero que lo sepas:
tu corazón no está roto, está renaciendo. 🤍
Con amor Mariam



Comentarios
Publicar un comentario