Esos momentos casi sagrados que solo una mujer entiende
Esos momentos casi sagrados que solo una mujer entiende
Hay momentos que no suelen nombrarse, pero que todas las mujeres —sean fashionistas o no— reconocemos en el cuerpo.
Yo los llamo momentos casi sagrados.
Uno de ellos ocurre cuando caminamos frente a una vidriera. Tal vez no vamos a comprar nada. Tal vez solo estamos mirando. Pero en ese instante, mientras observamos zapatos, carteras o prendas colgadas con cuidado, algo se activa dentro nuestro.
Es un momento de pausa.
De imaginación.
De conexión.
Miramos una prenda y nos preguntamos: ¿en qué ocasión la usaría?
Nos detenemos frente a un maniquí y dudamos: ¿se verá así en mí?, ¿cambiará cuando me la pruebe?
Y sin darnos cuenta, entramos en un estado de curiosidad profunda, casi infantil. Como cuando jugábamos a las muñecas, probando identidades, soñando versiones posibles de nosotras mismas.
No es superficialidad.
Es búsqueda.
Otro momento casi sagrado aparece cuando decidimos comprar.
No hablo del impulso vacío ni del consumo automático, sino de esa elección consciente que hacemos cuando buscamos renovar nuestro guardarropa como parte de algo más grande: seguir construyendo nuestra mejor versión.
Porque todo comienza de adentro hacia afuera.
La imagen no es estática. Es movimiento, evolución, expresión.
Nuestra identidad se manifiesta en elecciones cotidianas. Las personas más tranquilas suelen sentirse cómodas en paletas serenas: azules, tonos tierra, neutros, blancos y negros. Las más extrovertidas, en cambio, tienden a elegir colores vivos, combinaciones audaces, energía en movimiento. Ninguna es mejor que otra. Ambas son auténticas.
Y esa identidad no es algo fijo: se construye a lo largo del tiempo, con cada decisión y con cada versión de nosotras que elegimos habitar.
Incluso —y esto es clave— podemos crear una imagen alineada a quien deseamos proyectar, aun cuando todavía estemos construyendo la confianza interna para sostenerla.
Recuerdo a una clienta que me dijo que quería transmitir más autoridad en su trabajo. Se sentía joven, poco tomada en serio, y su imagen no acompañaba el profesionalismo que sabía que tenía. No se trató de imponerle una forma de vestir. Se trató de entender qué significaba para ella la autoridad y construir, desde ahí, una identidad visual coherente con sus valores y su esencia.
Porque la asesoría de imagen no impone moldes.
No dice cómo “debe” vestirse una emprendedora, una empresaria o una ama de casa.
Hace exactamente lo contrario: acompaña a cada mujer a expresar quién siente que es su mejor versión.
Elegir una prenda también es un acto económico consciente.
La ropa no nos genera una ganancia tangible. En ese sentido, podría verse como un pasivo. Pero también es un activo emocional y simbólico: nos permite proyectar seguridad, autoridad, feminidad; nos devuelve autoestima cuando nos miramos al espejo.
Y no, no se trata de consumir para sentirnos valiosas.
Se trata de entender que, a veces, algo tan simple como un zapato o una prenda puede convertirse en un medio silencioso para reencontrarnos con nosotras mismas.
No necesitamos ir de compras todos los meses.
Necesitamos aprender a elegir cuándo, por qué y desde dónde.
Y entonces llega otro momento casi sagrado: cuando ya compraste eso que tanto querías y te lo regalaste vos misma.
Ese gesto dice mucho más de lo que parece.
Dice: me importo.
Me amo.
Me cuido.
Es una satisfacción cargada de gratitud. No depende de nadie más que de vos. Es el resultado de tu trabajo, de tu esfuerzo, de tu camino —sea cual sea hoy tu realidad: emprendimiento, profesión, empresa o incluso un proceso de transición.
Ahí aparece una diferencia profunda: la de las mujeres que se construyen a sí mismas. Mujeres que entienden que su mayor inversión no está solo en lo material, sino en su mentalidad, en su autonomía y en la vida que eligen diseñar.
Y esto merece una aclaración importante: ser ama de casa no te quita valor. Todo lo contrario. Es un trabajo invisibilizado, sin horarios ni descansos, y lo sé en carne propia. Fui esa mujer que eligió criar los primeros años de su hija mayor estando presente las 24 horas. No me arrepiento. Fue una etapa valiosa y amorosa.
Pero hoy soy otra.
Soy una mujer libre, que decidió ir por sus metas, incluso cuando eso implica dormir pocas horas, dividirse entre la maternidad en solitario, el trabajo, el estudio y la construcción de una vida alineada a sus sueños.
Ambas versiones fueron mías.
Ambas fueron válidas.
Por eso, mujer, permitite diseñar una imagen alineada a la identidad que sentís como tu mejor versión. Si lo pensaste, es porque ya vive en vos. Solo necesitás enfoque y permiso para expresarla.
Derribemos, de una vez, el mito de que hablar de zapatos o bolsos es superficial. Usemos la moda como lo que realmente puede ser: un medio consciente y poderoso para acompañar nuestra evolución.
Y ahora te pregunto:
¿qué otro momento casi sagrado sumarías vos?
Con amor Mariam



Comentarios
Publicar un comentario