Maternar mientras sanás
Maternar mientras sanás
Hablemos de uno de los grandes desafíos de la maternidad.
Maternar mientras estás sanando.
Cuando apenas te sostenés vos misma.
Cuando no hay red de apoyo.
Cuando aun así criás, contenés y das todo por tus hijos.
Podés pasar la tarde bailando, cantando y estando presente con ellos, mientras por dentro atravesás tormentas que solo vos conocés.
Mientras aprendés a amarte distinto.
Con más amor.
Después de años de un diálogo hiriente con vos misma.
Después de relaciones que te vaciaron.
Después de grandes tormentas.
Y un día empieza a sonar la calma.
Aprendés a poner límites.
Entendés que tu vida es tu responsabilidad.
Que sos la protagonista.
La CEO de tu propia vida.
Mientras aprendés a liderarte alineada a tu propósito, también empezás a derribar techos mentales que durante años fuiste construyendo.
Por no saber elegirte.
O por cargar creencias que no eran tuyas, pero que adoptaste como propias.
Y mientras aprendés a sostenerte…
ahí están ellos.
Hay días en los que activás el modo supervivencia y hacés todo en automático.
Y otros en los que estás profundamente presente.
Muchas veces nos culpamos por no estar al 100 % para nuestros hijos.
Queremos darles todo: tiempo, atención, amor.
Criar niños fuertes, seguros, que crean en sí mismos como nadie.
Pero mientras lo das todo por ellos, una parte de vos se está vendando una herida.
Y hay veces en las que necesitamos pausas.
Para curarnos.
Para escucharnos.
Para seguir.
Y ahí aparece la culpa.
La culpa por no ser la madre “perfecta”.
Por no tener todas las respuestas.
Por no estar bien todos los días.
Pero la culpa no nos vuelve mejores madres.
Solo nos paraliza y nos aleja de nosotras mismas.
Y quien escribe estas palabras pasó por ahí.
Hubo momentos en los que necesitaba cinco minutos para respirar.
Cinco minutos lejos del ruido, de las responsabilidades, de la vorágine diaria.
Me encerraba en el baño.
Respiraba.
Canalizaba.
Y volvía.
Hasta que entendí algo importante:
hay veces en las que nuestros hijos necesitan saber qué nos pasa.
No para cargarles nuestras emociones,
sino para que se sientan seguros.
Para enseñarles que, además de madres, somos humanas.
Que nos cansamos.
Que nos enfermamos.
Que a veces solo queremos tomar un café sin que haya una pelea de fondo.
Ponerle nombre a lo que sentimos nos ayuda a nosotras.
Y también a ellos.
Les enseña empatía.
Gestión emocional.
Humanidad.
Mientras sanamos, hay días en los que sentimos que ya no podemos con todo.
Días en los que solo existimos.
Días en los que queremos un abrazo…
y nos toca abrazarnos a nosotras mismas.
Más aún si sos mamá soltera, como yo.
No somos fuertes por elección.
Somos fuertes porque no nos quedó otra.
Sanar no es un proceso lineal.
Y mientras intentamos ser mejores madres, aplicar crianza respetuosa, poner límites sanos, trabajar, sostener rutinas y cumplir con mil responsabilidades más, hay días de gratitud profunda…
y otros de silencio necesario.
Días donde el caos es la realidad.
Y está bien.
Porque nadie nació siendo la madre perfecta.
Todas nos equivocamos.
Incluso muchas de nosotras juramos durante el embarazo que no íbamos a darles pantalla…
y después dejamos un dibujito para poder ordenar la casa en paz.
Y ahí aparece otra vez la culpa.
Yo creo que la maternidad es hermosa.
Exigente, sí.
Desafiante, también.
Pero gracias a la maternidad descubrí heridas de mi niña interior que pude mirar de frente y sanar.
Por eso digo que la maternidad es una montaña rusa emocional.
Y el verdadero desafío no es hacerlo todo perfecto,
sino aprender a liderar nuestras emociones
y elegir ser un poco mejor madre que ayer, cada día.
Mientras sanamos y maternamos, salimos el doble de fortalecidas.
Porque esas noches sin dormir, pensando cómo salir adelante, cómo hacer que ese proyecto funcione, en qué momento del día crear algo propio…
terminan convirtiéndose en impulso.
Mirás a tus hijos y sabés que no te podés rendir.
Y creeme, mujer:
cuando llegás ahí, ya no hay nadie que te detenga.
No existe la madre perfecta que nunca se cansa,
que nunca se enoja,
que nunca se encierra cinco minutos en el baño para encontrar silencio.
Existimos las madres reales.
Con historias.
Con heridas.
Con el coraje de hacernos responsables de lo nuestro
para no pasárselo a nuestros hijos.
Y en ese intento imperfecto, consciente y profundamente humano,
les damos algo invaluable:
nuestra mejor versión posible.
No la perfecta.
La real.
La que sana.
La que ama.
La que sigue.
Con Amor Mariam



Comentarios
Publicar un comentario