¿Estar soltera te vuelve vacía… o más selectiva?



¿Estar soltera te vuelve vacía…o más selectiva?

¿Estar soltera es el momento para descubrir quién sos y cuál es tu propósito?
¿Es el tiempo de una mujer para ordenar su vida?
¿Estar soltera y sola te vuelve vacía… o más selectiva?

Son preguntas que me hice muchas veces a lo largo de este tiempo.

Surgieron, una vez más, en una de esas conversaciones con amigas que invitan a despojarse sin juicios. Charlas largas, sinceras, de esas que se dan después de semanas sin vernos, donde una se anima a decir lo que realmente siente. En ese contexto, una de ellas lanzó un comentario que me invitó a reflexionar profundamente sobre mi soltería y mi soledad. Y acá quiero hacer una pausa, porque no son lo mismo.

No es igual estar soltera pero acompañada, que estar soltera y completamente sola.

Cada mujer vive su soltería como quiere. Para algunas, es una etapa de salir, conocer gente, tener vínculos sin compromiso, sin ataduras. Para otras, es un momento más estratégico: se preparan para conocer a alguien, eligen lugares más cuidados, buscan a alguien que represente sus valores. Y también están las que, en su soltería, deciden enfocarse en sus metas, canalizar su energía en sus objetivos, volverse más disciplinadas, más deportistas, más conscientes de su mente y de su cuerpo. Se sienten plenas trabajando en ellas mismas.

Y en esta última me identifico.

Volviendo al comentario de mi amiga, me dijo que mi soledad y mi soltería ya se habían vuelto mi zona cómoda. Y acá, como mujeres conscientes, sabemos que cuando algo se vuelve demasiado cómodo, suele aparecer la pregunta: ¿hay algo que resolver? Porque muchas veces asociamos comodidad con estancamiento.

Siguiendo con la conversación, me aconsejó que frecuentara lugares nuevos, que me abriera a conocer gente. Y ahí apareció esa dualidad tan conocida: “no busco, pero estoy disponible”, o ese “no busco, espero que me encuentren, pero en el fondo estoy buscando”. Esa contradicción me llevó a una reflexión profunda que me acompañó durante días.

No solo por ese consejo, sino porque algo similar me sucede seguido. Cada vez que salgo a comer sola o hago algún plan conmigo misma, aparecen comentarios como: “tan linda y soltera”. O voy a un restaurante que frecuento y escucho conversaciones ajenas analizando si me dejaron plantada, o preguntándose por qué una mujer va tan producida a cenar sola. Como si no fuera normal. Como si una mujer sola, arreglada y segura incomodara.

También escuché comentarios como que soy “imposible”. Y podría seguir con una lista larga.

En su momento, no les presto demasiada atención. Si algo no me suma o no me expande, no le doy lugar. Pero la acumulación de esos comentarios —de personas, de amigas, de la familia— fue como un empujón a cuestionarme algo que yo tenía completamente naturalizado. Para mí es normal estar soltera, no buscar a nadie, hacer planes conmigo misma y ponerme linda solo para mí. Incluso cuando no tengo que salir.

Me acostumbré tanto a mi soledad que hubo días enteros sin hablar con nadie. Y en esos silencios, lejos de sentirme vacía, me sentí muy plena.

Mis amigas dicen que está bien estar sola un tiempo, cuando una necesita sanar. Pero que lo mío se extendió demasiado. Y es cierto: estoy a punto de cumplir cuatro años soltera, completamente sin citas. Por eso me invitaron a abrirme, aunque sea a conversar, a conocer gente nueva, a darme la posibilidad de tener citas.

Y ahí apareció otra pregunta: ¿dónde se conocen las personas hoy en día?
¿Todo pasa por las redes sociales y empieza con una solicitud de amistad?
¿Existen lugares que directamente no valen la pena cuando una busca algo serio?

Cada vez que hago esta pregunta, la respuesta suele ser una lista de dónde no buscar: el gimnasio (y ahí mi experiencia no fue buena, así que algo de razón tienen), los boliches (no me gustan, nunca me gustaron) y las apps de citas, que —según dicen— solo sirven para pasar el rato.

Claramente, ninguno de esos espacios me representa. Así que, por ese lado, me quedo tranquila.

Pero entonces aparece la pregunta más honesta: ¿qué pasa cuando no tenés ganas de buscar y solo querés enfocarte en tus metas y listo?

En medio de todo esto, recuerdo una conversación con la psicóloga de una de mis hijas. Ella me dijo que todavía no estaba lista para que ninguno de nosotros —ni su papá ni yo— le presentáramos una pareja. Yo le confesé que ya lo sabía, y que por eso, durante todo este tiempo, había bloqueado mi ser mujer y la posibilidad de estar con alguien para cuidar de ellas.

Su respuesta fue clara y amorosa: ser mujer no quita ser madre. Y cuando unificamos ambas, muchas veces somos mejores madres. Porque quien sostiene, también necesita ser sostenida y amada.

Eso me invitó a repensar mi rol como mujer y como madre, y a darme la oportunidad de abrirme al amor desde otro lugar.

Con todas estas conversaciones, sentí que incluso Dios me estaba diciendo: “abríte, no está mal”. Y aunque yo creía que estaba abierta, entendí que no del todo.

Es cierto que cambié un ambiente donde me sentía incómoda y encontré otro donde hay paz, más actividades para seguir trabajando en mi cuerpo y en mi bienestar. Pero el tema va más allá.

Vivimos en una sociedad donde, a cierta edad, lo “normal” es estar en pareja o casada. Y parece que incomoda ver a una mujer linda, en buen estado físico, sola. Como si se asumiera que debería estar con alguien o tener miles de pretendientes. Y la verdad es que no siempre es así.

En mi caso, eliminé todas mis opciones y hoy estoy en absoluto silencio. Sin opciones. Repitiéndome, eso sí: “estoy abierta al amor”, para no cerrarme.

Entonces vuelvo a la pregunta: ¿una mujer sola y soltera es vacía?
La respuesta es no.

Una mujer que sabe estar sola y está en paz consigo misma, donde otros ven vacío, ella ve plenitud. Plenitud en comer sola, viajar sola, quedarse en casa con un café o un mate, sumergida en sus libros.

Analicé este tema desde muchos puntos de vista y entendí algo importante: sí, puede ser que esté en mi zona cómoda. Pero eso no significa que esté mal. Significa que encontré paz y tranquilidad en esta soledad. Y aunque se haya extendido, confío en que, en el tiempo de Dios, llegará la persona correcta. Eso sí: para verla, tengo que estar abierta. Porque si estoy cerrada, puede pasar a mi lado y no notarlo.

La soledad no es algo malo. Y estar soltera tampoco. Para mí, hoy, es el momento exacto en el que alineo mi vida con mi propósito y voy por mis metas. Es un “me tengo a mí, y eso basta”. Y aunque no estoy completamente sola, porque tengo a Dios, ya soy profundamente amada.

Entonces me pregunté: ¿soy selectiva, tengo estándares muy altos o simplemente estoy cerrada?
La verdad es que mis estándares son mínimos: que sea soltero, fiel y con responsabilidad afectiva. Que cuide su mente y su cuerpo es un plus, porque es lo mismo que hago conmigo.

Después de los 30, escuché muchas veces que encontrar una pareja así es difícil. Que ya están ocupados, que algo tienen, que somos difíciles de querer. Pero creo que todo depende desde dónde mires. Si sostenemos el diálogo de que es difícil, así va a seguir siendo.

Todo depende de tu mirada y de tu brújula emocional.

Y para cerrar: si es la persona correcta, te va a potenciar, no a limitar. Te vas a sentir cuidada, no solo físicamente, sino también emocionalmente. Cuando haya algo que mejorar, no se va a ir: se va a quedar, y juntos lo van a resolver hablando. Y vas a poder soltar el control para dejarte liderar por un hombre masculino, que no solo te quiera a vos, sino también a tus hijos, si sos mamá.

Pero si hoy eso no pasa, no es motivo para salir a buscar. Es abrirte, sí, pero no perseguir. Porque no hay nada más magnético que una mujer que no va detrás de un hombre para sentirse validada, sino que va detrás de sus metas, ya sintiéndose segura, enfocada en construir la vida de sus sueños, sin buscar aprobación de nadie más que de ella misma.

   Con amor Mariam

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