No es la edad: es cómo elegís mirarte

 


No es la edad: es cómo elegís mirarte

Se viene mi cumpleaños y, lejos de angustiarme, cumplir un año más de vida me genera ilusión. Entusiasmo. Felicidad.
Aunque debo admitirlo: se suma esa pequeña gota de conciencia de que la edad empieza a ponerse más seria.

Despido mis 31 con muchos aprendizajes, pero sobre todo con amor.
Este año fue el crecimiento del capullo de la flor.

A mis 30 llegó el despertar.
Después de guerras silenciosas y de dejar atrás un pasado que dolía, fue el año en el que dije “hasta acá”.
A mis 31, en cambio, vi crecer los frutos de todo lo que sembré. Incluso en lo físico: me sentí y me vi mejor que nunca, más incluso que a mis 20.

Y eso me llevó a preguntarme algo:
¿la edad determina cómo nos vemos por dentro y por fuera?
¿O es algo relativo, que depende de cómo elegimos mirarnos?

Es cierto: el cuerpo cambia.
Biológicamente perdemos colágeno y elastina; aparecen líneas de expresión, manchas, canas. Un día despertás, te mirás al espejo y algo es distinto. Ya no sos la misma que a los 20. Cambió tu piel, tu pelo, tu figura… y también tu mente.

Quizás a los 20 teníamos una belleza sin esfuerzo.
Sin rutinas. Sin rituales.
Hoy, en cambio, existe ese momento casi sagrado: la skincare.

Yo lo llamo el momento de los mil pasos o la chica de las mil cremas.
Una crema para la elasticidad, otra para el contorno de ojos, colágeno para el rostro, antimanchas, cremas para el cuerpo, las piernas, el pelo. Todo tiene su lugar.

Podríamos pasar horas en el baño.
Podríamos.

Pero muchas veces no tenemos ese tiempo.
Y si somos mamás, lo sabemos: entrás al baño y escuchás un “mamá…”, y en segundos tenés que resolver todo.

Entonces aprendés a cuidarte distinto.
Te cuidás del sol, de la alimentación, del exceso.
Entrenás no solo para verte bien, sino para sostener tu salud mental.

Hoy el discurso sobre la edad es más amable. Vemos mujeres envejecer casi a destiempo, como si el tiempo no las tocara, y nos preguntamos qué tratamientos se hacen o qué secretos esconden.
Pero crecer va mucho más allá de lo físico.

Crecer es agradecer la sabiduría que ganaste.
Es querer ser mejor persona cada día.
Es dar el amor que vive en tu corazón y devolver lo que la vida —y Dios— te dieron, incluso cuando antes no sabías verlo.

Entendí que la vida va más allá de tener pareja o no.
Hoy me siento profundamente amada: por Dios, por mis hijas, por mis vínculos. Y eso me alcanza.

A mis 31 también conocí la soledad.
Días enteros sin hablar con nadie. Semanas sin conversaciones profundas.
No por falta de amigas —porque están—, sino porque la adultez trajo agendas llenas, hijos, trabajos, responsabilidades.

No me faltan amigas.
Nos falta tiempo.

A veces pasa un mes entero hasta que logramos coincidir.
Y aun así, eso también es amistad.
Porque sabemos que cuando alguna lo necesita, estamos. Aunque sea para escuchar un audio de cinco minutos.

Pero también es cierto que, cuando una está en pleno crecimiento personal, se vuelve más selectiva. Prioriza su paz. Se va en silencio de los lugares que ya no vibran igual.

Aprendí a poner límites.
Y sigo aprendiendo a decir “no” sin culpa.

La edad es solo eso: edad.
Lo que realmente importa es cómo elegís verte.

Porque a mis 20 me sentía de 60. Me vestía desde el deber ser.
Y cuando me liberé del juicio ajeno, empecé a amarme de verdad.

Cómo te percibís impacta directamente en tu imagen.
Si te sentís mal, se nota.
Y como dice Mirtha Legrand: “como te ven, te tratan”.

La primera persona que tiene que verse hermosa frente al espejo sos vos.
La primera persona que tiene que elegirse todos los días, también.

Y aunque hoy aparezcan canas y la piel ya no sea la misma, dejame decirte algo:
la verdadera belleza es lo real.
Lo imperfecto.
Lo que incomoda.

La belleza es la mujer real.
La que cuida, la que sostiene, la que va por sus objetivos con disciplina y determinación.
La que atraviesa guerras silenciosas y aun así sale una y mil veces agradecida por todo lo aprendido.

Hoy despido un gran año en lo personal.
Y con él, dejo atrás a la mujer que fui.

La abrazo.
Me despido de ella, aunque no sin lágrimas.
No porque no quiera avanzar, sino porque una parte de mí todavía se resiste. Quiere quedarse en lo conocido, en la zona cómoda.

Pero nadie dijo que crecer fuera cómodo.
Se crece en la incomodidad.

Así que hoy le digo hola a mi nueva versión.
A la mujer que se fue construyendo con cada decisión, con cada límite, con cada acto de amor propio.

Y agradezco profundamente a Dios por regalarme un año más de vida.

  Con amor Mariam

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