Podés engañar a tu mente, pero no a tu cuerpo
Podés engañar a tu mente, pero no a tu cuerpo
El otro día vi un reel en Instagram que decía algo así:
“¿A dónde van las personas que están rotas? Van a la guerra con ellas mismas.”
Y las imágenes mostraban a personas entrenando hasta el fallo, exigiéndose al límite, como si en ese esfuerzo físico estuvieran intentando liberar algo más profundo.
Y me hizo pensar.
Pensar en cuántas veces, cuando nos sentimos rotas, cansadas o atravesando duelos silenciosos, creemos que la única forma de sostenernos es trabajando en nuestra mente. Intentamos entender, ordenar, resignificar. Nos repetimos que vamos a estar bien.
Pero, ¿cuántas veces nos detenemos realmente a escuchar el cuerpo?
No desde la distracción. No desde la exigencia.
Sino desde el silencio.
Poner el celular en modo avión.
Bajar el ritmo.
Y prestar atención a lo que también está hablando en nosotras.
Porque el cuerpo habla. Siempre.
Podemos intentar convencernos de que estamos bien, podemos maquillar lo que sentimos con pensamientos positivos o palabras correctas. Pero el cuerpo no filtra. El cuerpo expresa.
Se nota en la postura, en la tensión, en la forma en la que caminamos, en cómo ocupamos —o dejamos de ocupar— espacio.
Una mujer insegura, por ejemplo, tiende a encogerse. A cerrar los hombros. A hacerse más chica.
Y aunque sus palabras intenten sonar firmes, si el cuerpo no acompaña, hay algo que no termina de ser creíble.
Ahí aparece la incoherencia.
Porque no somos solo mente.
Somos cuerpo, emoción y lenguaje.
Y todo comunica.
Ahora bien, hay algo importante que muchas no sabemos:
así como el cuerpo expresa lo que sentimos, también puede ayudarnos a transformarlo.
No se trata de forzarnos a “estar bien”, sino de intervenir con pequeños gestos que, sostenidos en el tiempo, generan un cambio real.
Enderezar la postura.
Levantar suavemente el mentón.
Apoyar los pies firmes en el suelo.
Parece simple, pero no es menor.
Es una forma de decirle al cuerpo —y a nosotras mismas— que estamos presentes. Que estamos al mando. Que no somos nuestras emociones, aunque a veces nos atraviesen con intensidad.
Porque sí, hay momentos en los que sentimos que somos “así”, que no podemos cambiar, que esto nos define.
Pero muchas veces, eso no es identidad: es hábito emocional.
Y el cuerpo también tiene memoria.
Funciona en automático. Guarda patrones. Repite lo aprendido.
Pero así como aprende, también puede desaprender.
Por eso no alcanza con trabajar solo en la mente.
Cuidar nuestra salud mental también implica habitar el cuerpo.
Moverlo. Escucharlo. Honrarlo.
La psiquiatra Marian Rojas habla del ejercicio como un antidepresivo natural. Y no es solo por lo físico, sino por lo que libera, lo que ordena, lo que canaliza.
A veces, lo que no podemos decir con palabras, el cuerpo lo suelta en movimiento.
En forma de cansancio.
De lágrimas.
O incluso de alivio.
Porque no todo lo que atravesamos es dolor.
También hay procesos, crecimiento, y hasta momentos de alegría que necesitan ser integrados.
Por eso hoy quiero dejarte algo simple.
Si no estás haciendo ejercicio, empezá por algo que te guste.
No desde la exigencia, sino desde el encuentro con vos misma.
Una vez por semana. Después dos. Y así.
Pero más allá del resultado físico —que sí, llega— hacelo como un acto de amor.
Como una forma de decirte:
te escucho
te cuido
te honro
Y regalate también momentos de pausa. De respiración. De presencia.
Porque al final del día, hay algo que es verdad:
podés engañar a tu mente… pero no a tu cuerpo.
Y tal vez, lo que hoy necesitás, no es pensar más…
sino empezar a escucharte de verdad.
Con amor Mariam



Comentarios
Publicar un comentario