Ser mujer: una reflexión más allá del 8 de marzo

 




Ser mujer: una reflexión más allá del 8 de marzo

El Día de la Mujer despierta distintas miradas.
Para algunas representa una fecha de lucha, de derechos conquistados y de memoria. Para otras es un día de celebración, donde se sienten reconocidas por simplemente —y poderosamente— ser mujeres.

Cada 8 de marzo recordamos a aquellas mujeres que perdieron la vida a comienzos del siglo XX en una fábrica de la ciudad de Nueva York. Su historia se convirtió en símbolo de las luchas que permitieron abrir caminos y oportunidades para muchas de nosotras.

Pero en este blog no hay verdades absolutas.
Solo reflexiones y preguntas que nos ayuden a crecer juntas en conciencia.

Hoy no quiero hablarte desde un lugar político, ni desde el juicio sobre si está bien o mal “festejar” este día.
Hoy quiero invitarte a ir un poco más profundo.

A una pregunta simple, pero poderosa:

¿Qué es ser mujer?

Según la Biblia, Dios creó a la mujer a partir de la costilla del hombre, simbolizando que ella es “hueso de mis huesos y carne de mi carne”. Durante muchos años escuché interpretaciones equivocadas de este pasaje. Para algunas personas significaba que la mujer fue creada para servir al hombre, para complacerlo o para ocupar un lugar inferior.

Pero esa interpretación siempre me resultó incompleta.

Dios no creó a la mujer con los huesos de los pies del hombre para ser pisoteada.
Tampoco de su cabeza para dominar.

La creó de su costado.

Un lugar que simboliza cercanía, compañía y amor.

La mujer fue creada para ser tan amada como el hombre. Para caminar a su lado.
Para ser pares con naturalezas distintas, con talentos distintos, pero con la capacidad de potenciarse mutuamente.

Y si lo pensamos aún más profundo, Dios ama tanto a la humanidad que su hijo nació del vientre de una mujer: la Virgen María.

¿No es eso maravilloso?

La mujer se caracteriza por muchas cosas: corazón, contención, hogar, intuición.
Pero también por algo que a veces olvidamos: fuimos creadas a imagen y semejanza de Dios.

Durante años también escuché discursos que comparaban constantemente a la mujer con el hombre, como si tuviéramos que competir con él o demostrar algo. Y en ese intento, muchas veces terminamos colocándolo —sin querer— en un lugar superior.

Pero quizás la respuesta no está en competir.

Porque no vinimos a ser superiores ni inferiores a nadie.

Vinimos a ser.

Ser mujeres.

Y eso ya es profundamente poderoso.

Ser mujer es vivir una montaña de emociones, sí.
Pero también es tener una capacidad admirable de resiliencia.

Nos adaptamos.
Nos reinventamos.
Evolucionamos tantas veces que dejamos atrás versiones nuestras que alguna vez fueron hogar. Algunas las despedimos con lágrimas y otras con una sonrisa.

Pero seguimos avanzando.

Admiro profundamente nuestra capacidad de ser multifacéticas.
En un solo día podemos liderar nuestro hogar, ocuparnos de nuestra economía, cuidar de nuestros hijos, trabajar, sostener nuestras emociones y seguir dando amor.

Somos guías.
Somos líderes.
Somos sostén.

Tenemos oídos para escuchar, una mente para crear y un corazón para acompañar.

Podemos trabajar en un proyecto mientras soñamos otros dos al mismo tiempo.
Somos expansión en movimiento constante.

Sí, somos una ola de emociones.
Pero también somos una fuente inmensa de amor.

Entonces me pregunto:

Si tenemos tantos atributos… ¿por qué seguimos comparándonos?

¿Por qué a veces buscamos ocupar espacios queriendo parecernos a los hombres, cuando nuestro poder ya existe en nuestra propia naturaleza?
¿Y por qué deberíamos odiar al hombre, cuando en realidad podemos potenciarnos mutuamente?

Incluso en la moda vemos algo interesante: muchas tendencias toman símbolos históricamente masculinos para transmitir fuerza o autoridad.

Pero el poder real no está en parecer.

El poder está en ser.

Las mujeres más influyentes de la historia no cambiaron el mundo intentando parecerse a alguien más. Lo hicieron creyendo en su voz, en su visión y en su propósito.

La Virgen María cambió la historia del mundo con un simple “sí”, aceptando la misión que Dios tenía para ella.

Juana de Arco se convirtió en símbolo de libertad e independencia, guiada por su fe y por una convicción profunda que transformó su época.

Marie Curie revolucionó la ciencia y fue la primera persona en recibir dos premios Nobel, demostrando que el conocimiento también puede ser una forma poderosa de liderazgo.

Frida Kahlo transformó su dolor y su mirada del mundo en arte, dejando una obra que hasta hoy inspira a millones de mujeres.

Virginia Woolf abrió caminos en la literatura moderna y en el pensamiento sobre el lugar de la mujer en la sociedad.

Y Coco Chanel revolucionó la moda femenina: comenzó con una pequeña tienda de sombreros y terminó liberando a las mujeres del corset, impulsando el uso del pantalón y creando uno de los perfumes más icónicos de todos los tiempos: Chanel N°5.

La lista podría seguir.

Pero todas ellas tienen algo en común:
no cambiaron el mundo intentando ser alguien más.

Lo hicieron siendo profundamente ellas mismas.

Nos enseñan que podemos liderar, estudiar, crear, amar, expresarnos e innovar sin perder nuestra esencia.

Que podemos creer en nuestro propósito incluso cuando el camino no es recto.

Porque las mujeres, cuando creemos en una visión, encontramos la manera.

Entonces hoy quiero decirte algo, mujer.

Cuando dudes de vos.
Cuando tengas días grises.
Cuando sientas que el mundo pesa más de lo que imaginabas.

Abrázate.

Y recordá lo profundamente amada, valiente y hermosa que sos.

Porque ser mujer no es solo un rol.

Es un poder que vive dentro de nosotras.


    Con amor Mariam 

Comentarios

Entradas populares