No somos el destino de nuestros hijos: somos su faro
No somos el destino de nuestros hijos: somos su faro
El otro día, en una conversación sobre maternidad, alguien me dijo algo que me dejó pensando durante horas.
Yo le estaba contando que me esfuerzo mucho por darle herramientas emocionales a mis hijas. Que intento acompañarlas, guiarlas, hablarles. Porque en el fondo hay algo que me mueve profundamente: no quiero que sean como yo. Quiero que sean mejores.
Entonces esa persona, con mucho amor, me respondió algo que me desarmó un poco.
Me dijo:
“Tus hijas van a ser lo que tengan que ser. Tal vez tengan cosas tuyas, tal vez cosas de su padre. Pero ellas vinieron a SER. Nuestro trabajo es prepararlas para que vuelen. El resto depende de ellas.”
Y también me invitó a valorarme más.
A entender que, aunque a veces no lo vea, estoy haciendo muchas cosas valiosas por ellas.
Curiosamente, esas palabras fueron un alivio.
Porque cuando una es madre, muchas veces carga con una presión silenciosa: hacerlo todo mejor. Corregir lo que nos dolió. Evitar que nuestros hijos pasen por las heridas que nosotras tuvimos.
Y esa intención, que nace del amor, a veces se convierte en una mochila muy pesada.
Una mochila llena de dudas.
Días en los que te preguntás si lo estás haciendo bien.
Días en los que sentís que sos “poco”.
Que podrías haber dicho algo de otra manera.
Que tal vez otra mamá lo haría mejor.
Y ahí empieza esa voz interna que nos desmerece.
Porque muchas veces estamos maternando mientras también estamos reconstruyendo nuestras propias vidas. Mientras todavía hay partes nuestras que están sanando.
Y entonces aparece la comparación.
Ves a otra mamá en la plaza con sus hijos prolijamente vestidos, tranquilos, portándose perfecto, mientras ella habla con paciencia infinita.
Y mientras tanto vos estás corriendo detrás de los tuyos para que no se caigan del juego más alto, con la ropa medio desordenada, tratando de mantener cierto orden dentro del caos.
Y sí… a veces te sentís un caos.
Pero déjame decirte algo que muchas necesitamos recordar:
No hay madres perfectas.
Solo hay madres que intentan ser un poco mejores cada día.
Y si hoy fue un día difícil, tal vez lo único que necesitamos hacer es respirar. Entender que no todos los días son hermosos.
Y que incluso en medio del caos, fuiste la madre que tus hijos necesitaban.
Porque en ese intento de protegerlos de todo, a veces terminamos queriendo resolverles la vida.
Queremos que no sufran.
Que no se lastimen.
Que no se enfermen.
Que no lloren.
Y sin darnos cuenta empezamos a convertirnos en un escudo permanente.
Claro que una madre es una leona. Nuestros hijos son nuestro mayor tesoro. Los queremos cuidar tanto que, si pudiéramos, los meteríamos en una burbuja para que nada los toque.
Pero en ese intento de controlarlo todo, algo empieza a escaparse.
Nos perdemos a nosotras mismas.
Y también perdemos algo esencial de la maternidad sana.
Esa que no nace del control, sino del amor.
De la presencia.
De entender que no podemos evitarles todos los dolores.
Porque nuestros hijos tienen sus propias vidas.
Sus propios caminos.
Y también sus propias batallas que tendrán que atravesar para convertirse en quienes están destinados a ser.
A veces, incluso sin quererlo, también los encasillamos.
Desde nuestros miedos.
Desde nuestras expectativas.
Desde ese ego silencioso que dice:
“Mi hijo tiene que ser el mejor.”
“Tiene que tener lo que yo no tuve.”
“Tiene que triunfar.”
Y aunque nace del amor, también puede convertirse en una forma de presión.
Porque ellos no vinieron a cumplir nuestros sueños.
Vinieron a descubrir los suyos.
Pero hay algo de lo que casi no se habla.
Mientras estamos criando… muchas de nosotras también estamos sanando.
Y cuando esa maternidad sucede en soledad, hay días que se vuelven jodidamente desafiantes.
Días donde aparece la culpa por no ser la madre “perfecta”.
Días donde el cansancio se convierte en lágrimas.
Lágrimas de sostener… cuando aún nosotras mismas estamos aprendiendo a sostenernos.
Pero aun así, al día siguiente volvemos a intentarlo.
Una y otra vez.
Porque hay algo más fuerte que el cansancio y las dudas: la enorme responsabilidad de tener al cuidado la infancia de alguien.
Y la infancia es un territorio sagrado.
Es ese momento donde se empieza a formar gran parte de su mundo interior.
Donde aprenden valores.
Límites.
Amor.
Confianza.
Es el tiempo de las primeras veces.
La primera vez que ven la luz fuera de la panza.
Las primeras palabras.
Los primeros pasos.
El primer día en el jardín.
La primera vez que se les cae un diente de leche.
Las mil historias que inventan con su imaginación.
Y quizás, desde la mirada adulta, todo eso parezca parte lógica del desarrollo.
Pero para ellos… es un triunfo.
Es descubrir el mundo.
Por eso, tal vez la maternidad no se trate de evitarles cada caída.
No podemos evitar que se enfermen.
Que se equivoquen.
Que sufran alguna vez.
Pero sí podemos hacer algo mucho más importante.
Podemos abrigar su infancia.
Llenarla de amor.
De escucha.
De presencia.
Y darles las herramientas emocionales para que, cuando llegue el momento, emprendan su propio vuelo.
Sabiendo que siempre van a tener un lugar al cual volver.
Porque quizás ese sea, en el fondo, nuestro verdadero rol como madres:
No ser el destino de nuestros hijos.
Sino el faro que los acompaña mientras encuentran su propio camino.
Con amor Mariam



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