¿Por qué las mujeres nos vestimos diferente cuando estamos solas?



¿Por qué las mujeres nos vestimos diferente cuando estamos solas? 

El otro día me desperté sin ningún plan.
Iba a ser uno de esos días en casa, tranquilos, sin exigencias.

Y casi sin pensarlo, hice lo de siempre: elegí la ropa más vieja, más holgada, más “así nomás” que encontré.
Automático. Sin criterio. Sin intención.

Hasta que me miré al espejo.

Y me hice una pregunta incómoda:
¿por qué me visto diferente cuando nadie me va a ver?

¿Por qué cuando salgo elijo, combino, cuido cada detalle…
y cuando me quedo en casa, simplemente me abandono?

Ahí entendí algo.

Muchas veces no nos vestimos para nosotras.
Nos vestimos para encajar, para gustar, para cumplir con lo que se espera.
Desde chicas nos enseñaron eso, aunque nadie lo haya dicho explícitamente.

Aprendimos que la ropa linda es para ocasiones especiales.
Que al llegar a casa toca cambiarnos automáticamente a un “modo entre casa”.
Que total… nadie nos ve.

Pero, ¿y si ese es el punto?

¿Y si la forma en la que te vestís cuando nadie te ve es la forma más honesta en la que te tratás?

Te lo digo porque yo también estuve ahí.
Hubo un momento en mi vida donde quería pasar desapercibida, ser invisible.
Y mi ropa hablaba por mí, incluso cuando yo no decía nada.

Hasta que un día entendí algo que me cambió:
yo era la protagonista de mi vida, incluso cuando no había espectadores.

Y empecé, de a poco, a vestirme distinto.
No para salir.
No para que me miren.
Para mí.

Empecé a elegir con intención, incluso para quedarme en casa.
A usar esa prenda que me encanta sin “guardarla” para una ocasión especial.
A dejar de postergarme.

Y sin darme cuenta, ese pequeño gesto se transformó en algo mucho más grande.

Mi forma de verme cambió.
Mi seguridad también.
Mi manera de habitarme.

Porque vestirte con intención no es estar producida todo el tiempo.
No se trata de usar tacos para limpiar ni de verte perfecta.

Se trata de algo más profundo:
dejar de tratarte como si no importaras cuando nadie está mirando.

Y no, no está mal que haya días en los que elegís lo más cómodo, lo más amplio, lo más simple.
El punto no es qué elegís.

El punto es desde dónde lo hacés.

¿Es automático?
¿Es desde el abandono?
¿O es una elección consciente?

Porque cuando empezás a elegirte incluso en lo cotidiano, algo cambia.

La próxima vez que abras tu placard, no pienses solo en qué ponerte.

Preguntate:
¿me estoy vistiendo desde el juicio ajeno… o desde mi propia mirada?

Porque la verdad es esta:
la forma en la que te vestís cuando nadie te ve, dice más de vos que cualquier outfit para el afuera.

Y quizás —solo quizás— la ocasión especial nunca fue el evento.

Sos vos.

                                             Con amor Mariam

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