Vestirse para una misma es un acto revolucionario
Vestirse para una misma es un acto revolucionario
No hay acto más revolucionario que vestirse para una misma.
Vestirse no debería ser simplemente ponerse lo primero que encontramos en el placard y salir corriendo. Tampoco debería ser algo reservado solo para ocasiones especiales, para una reunión con amigas, para el trabajo o para cuando tenemos una cita.
Vestirse es, en realidad, un acto de amor propio.
Y si solo te vestís “bien” cuando alguien más va a verte, te lo voy a decir con mucho cariño, pero sin filtros: puede que tu estilo esté condicionado por la mirada ajena, y no por lo que realmente sos.
Vestirse bien no significa vestirse a la moda.
Vestirse bien es poder decir: esta soy yo, y este es el mensaje que quiero transmitir hoy.
Porque el estilo personal es mucho más profundo de lo que solemos creer. Y muchas veces descuidamos la mirada más importante que tenemos: la nuestra.
¿Cuántas veces estuvimos en casa, sin ningún plan, con la ropa más holgada que encontramos, el pelo atado rápido en un rodete improvisado, y nos miramos al espejo casi con timidez… porque no nos gusta lo que vemos?
¿Cuántas veces disfrutamos un fin de semana a solas y pensamos: “total nadie me va a ver”?
Pero olvidamos algo importante:
la mirada que más importa es la nuestra.
Y creeme que te entiendo cuando me decís que hay días en los que no sabés qué ponerte.
Días en los que tu estado emocional parece elegir la ropa por vos.
Porque sí, nuestro estado emocional influye muchísimo en cómo nos vestimos.
Hay días en los que nos sentimos imparables, fuertes, con ganas de comernos el mundo. Y nuestra imagen lo comunica: elegimos prendas más estructuradas, colores más intensos, como el negro o el azul, y nuestra actitud acompaña esa narrativa visual con una postura más erguida y pasos seguros.
Pero también hay días en los que nos sentimos cansadas, inseguras o simplemente saturadas. Entonces nuestra narrativa visual cambia. Elegimos prendas más holgadas, colores más apagados o simplemente lo primero que encontramos.
Y hasta nuestra actitud se transforma: caminamos con los hombros caídos, la cabeza un poco gacha, casi como si estuviéramos pidiendo perdón por ocupar espacio.
Ni hablar de cuando sentimos que dimos todo con nuestro outfit y alguien hace una crítica.
De repente, algo que nos hacía sentir bien empieza a perder fuerza.
O cuando nos vestimos según lo que otros esperan de nosotras.
Pero hoy quiero recordarte algo.
Vestirse también puede ser un acto creativo.
Casi como una obra de arte.
Todos los días elegís qué pincel usar y qué paleta de colores va a tener tu lienzo.
Todos los días decidís qué parte de vos querés mostrar.
Porque la ropa también habla.
Habla de tu estado de ánimo, de tu identidad, de tu historia… y de cómo elegís habitar tu propio cuerpo.
Por eso vestirse para una misma es, en cierta forma, un acto revolucionario.
Porque nadie más que vos puede decidir qué mensaje querés comunicar hoy.
Y quizás el verdadero cambio empieza ahí:
cuando dejás de vestirte para que otros te miren
y empezás a vestirte para reconocerte vos misma frente al espejo.
Porque la ropa no solo cubre el cuerpo.
También cuenta historias.
Habla de cómo te sentís, de lo que atravesás, de quién estás siendo en este momento de tu vida.
Por eso vestirte para vos no es un gesto superficial.
Es una forma silenciosa de recordarte quién sos.
Y tal vez, al final del día, no se trata de tener el mejor outfit, ni de seguir todas las tendencias.
Se trata de algo mucho más simple —y mucho más poderoso—:
mirarte al espejo y sentir que la mujer que ves ahí realmente sos vos.
Con amor Mariam
.jpeg)


Comentarios
Publicar un comentario