Seguir no siempre es fortaleza




Seguir no siempre es fortaleza

El otro día tuve un accidente que me desestabilizó más de lo que imaginé.

Estaba en el gimnasio, haciendo mi rutina de brazos. En un movimiento automático, me levanté de golpe… y me di de lleno la cabeza contra la máquina.

Me dolió, sí.
Tuve un leve mareo.
Pero lo minimicé.

Pensé: debe ser por levantarme rápido… a cierta edad estas cosas pasan.

Y seguí.

Porque una sigue.

Continué entrenando, aunque cada tanto tenía que frenar, agarrarme de algo, esperar a que el mareo pasara. Pero ni siquiera ahí lo cuestioné. Para mí, el golpe había sido “leve”. Nada de qué preocuparse.

Terminé la rutina… y salí a correr.

Corrí tres cuadras.

Y ahí, todo cambió.

Empecé a sentirme mal. Mareada. Desorientada. El cuerpo ya no respondía igual. La cabeza me latía fuerte, pero mi único pensamiento era llegar a casa, ponerme hielo… y ya está.

Como si todo se resolviera así de fácil.

Pero no.

Cuando empecé a caminar, la vista se me volvió borrosa.
El mareo era cada vez más intenso.
Y de repente, algo se volvió muy evidente: estaba sola.

Sola de verdad.

Miraba alrededor… y sentía que era solo mi alma y yo, tratando de sostener un cuerpo que ya no podía más.

En medio de ese estado, tuve un momento de lucidez: volver a casa no era una buena opción.

Pedí un Uber. Me fui al hospital.

Me hicieron estudios, estuve en observación… y finalmente me dijeron que estaba todo bien. Que no había nada grave. Pero que todo lo que me había pasado era consecuencia del golpe… y de no haberle dado a mi cuerpo el descanso necesario.

De no haber parado.

Pero lo que más me quedó no fue el diagnóstico.

Fue una pregunta.

El médico me miró y me dijo:
—¿Por qué saliste a correr si ya te sentías mareada?

Y yo, casi sin pensar, respondí:
—Disciplina ante todo.

Me sostuvo la mirada unos segundos y me dijo:
—No sé si es disciplina… o no cuidarte.

En ese momento no pude procesarlo.

Pero días después… esa frase volvió.

Y me incomodó.

Porque era cierta.

¿Cuántas veces realmente cuido mi cuerpo?
¿Cuántas veces me escucho de verdad?

Y entonces me hice preguntas más profundas:

¿Entreno por disciplina… o para escapar de algo?
¿Estoy conectada conmigo… o simplemente funcionando en automático?
¿Sé cuándo seguir… y cuándo parar?

La respuesta no fue tan simple.

Porque sí… hay días en los que entrenar me salva.
Me ordena. Me descarga. Me ayuda a ver las cosas desde otra perspectiva.

Es mi espacio.
Mi momento.
Mi forma de soltar.

Es ese lugar donde puedo incluso correr con lágrimas en los ojos… sin sentirme juzgada.

Pero también tuve que admitir algo:

En algún punto, dejó de ser consciente.

Se volvió automático.

Se volvió una exigencia.

Una voz interna que no negociaba, que no preguntaba, que no escuchaba.
Que solo decía: seguí.

Incluso si dolía.
Incluso si el cuerpo pedía frenar.

Y ahí entendí algo que me incomodó, pero también me despertó:

No todo lo que llamamos disciplina es amor propio.

A veces, es desconexión.

A veces, es una forma más sutil de no mirarnos.

Ese golpe —literal— me obligó a hacer algo que no venía haciendo:

Parar.

Pero no solo físicamente.
Parar para preguntarme desde dónde me estoy exigiendo tanto.

Hoy entreno, sí.
Pero intento hacerlo desde otro lugar.

Desde un lugar más consciente.
Más honesto.
Más conectado conmigo.

Donde también haya espacio para no poder.
Para sentirme mal.
Para frenar sin culpa.

Porque entendí que seguir no siempre es fortaleza.

A veces, la verdadera fortaleza…
es saber parar.

Y hoy, más que nunca, me hago esta pregunta:

¿Desde qué lugar estoy viviendo mi disciplina… desde el amor propio, o desde la autoexigencia?


                 Con amor Mariam

Comentarios

Entradas populares